Y Madonna se hizo carne en el Sant Jordi

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Apártense las Rihannas, Kate Perrys, Lady Gagas y demás aspirantes a diva del pop, porque aquí está Madonna. Apártense y abran paso, porque la estadounidense ha vuelto dispuesta a dar guerra y a defender, aunque sea a dentelladas, su condición de icono pop por excelencia. Y quien dice dentelladas dice agitadas coreografías, pompones, bailarines con túnicas de monjes gregorianos, profusa imaginería religiosa, plataformas hidráulicas, un despliegue escénico cegador y, en fin, todo lo necesario para seguir practicando el culto a esa religión particular que desde hace casi tres décadas viene predicando la Ciconne y que anoche vivió uno de sus momentos álgidos, ceremonia de adoración y éxtasis, en el Palau Sant Jordi.

Casi una década después de estrenar en el mismo recinto y durante dos noches consecutivas “The Drowned World Tour”, gira que la resituó como la más brillante de las estrellas de la galaxia pop después de unos años de flojera creativa, Madonna repitió anoche la misma maniobra, dos mejor que uno, para reconquistar Montjuïc con la primera de las únicas paradas españolas –esta noche repite en el mismo recinto- del “MDNA Tour”. La corona, guardada a buen recaudo en algún rincón del espectacular montaje, aguardaba su momento para ser pulida, pero tampoco hizo falta esperar demasiado. Bueno, en realidad un poco: con más de cuarenta minutos de retraso, un enorme botafumeiro empezó a balancearse sobre el escenario ante la mirada atónica de 18.000 asistentes y la neoyorquina se activó en modo centrifugadora para disponerse a maravillar por enésima vez sobre un escenario.

Y aunque las crónicas apuntaban a una gira un poco más sobria que su anterior visita, más de uno debió perder la mandíbula al ver como Madonna aparecía en el escenario en una suerte de púlpito gótico acristalado, con los altavoces despachando rezos y cánticos y “Girl Gone Wild” tomando impulso para encerar otra noche de ritmos desatados, electrónica descarada y provocación marca de la casa. Vestida completamente de negro y rodeada en todo momento por un hiperactivo y hercúleo cuerpo de baile, la neoyorquina empezó fuerte, luciendo metralleta en “Revolver”, liándose a tiros con sus bailarines desde la cama de un motel en una estridente “Gang Bang”, dándole un tono ligeramente marcial a “Papa Don’t Preach” o rebotando como una pelota de pinball entre sus bailarines en “Hung Up”.

Luz contra oscuridad

Y aunque sí que es cierto que todo era muy oscuro y violento, desde los pasamontañas del cuerpo de baile a la agresividad con la que Madonna se movía por el escenario pasando por ese rascar la guitarra arrimándose al hip hop de “I Dont’ Give A”, el segundo acto, con la diva vestida de majorette y su séquito sacudiéndose al ritmo de “Express Yourself”, devolvió la luz al Palau Sant Jordi. Y “Give Me All Your Luvin’”, con esa vibrante pulsión rítmica y ese estallido de color en las pantallas, lo colocó a un paso del delirio.

Festival polirrítmico y visualmente demoledor para una noche en la que Madonna tampoco necesitó abusar de su material clásico, injertado en muchos casos en formato sample o remezclado en interludios musicales, para batir por noqueada al público. De hecho, es tal la acumulación de estímulos que se abalanzan desde el escenario que la música no es más que un ingrediente más –el más importante, sí, pero no el único- en esta despampanante representación teatralizada y que lo mismo echa un poco el freno para dejar que el trío vasco Kalakan le haga un remedo a “Open Your Heart” que saca del armario el sostén de Jean Paul Gaultier para convertir el escenario en una gigantesca pasarela de moda al ritmo de “Vogue”.

Baile de máscaras

En este baile de máscaras y disfraces, ritual de celebración y gozo, no podía faltar esa otra Madonna, la diva picante y atrevida, que empezó a asomar la cabeza rodeada por bailarinas en lencería y tipos con el torso desnudo en “Candy Shop” y acabó a medio striptease, enseñando las bragas como en Roma, al ritmo de “Human Nature”.

Ahí estaba, la Madonna sensual y provocativa, dejando irreconocible una “Like a Virgin” servida a ritmo de vals y preparándose para echar el cierre a una actuación que, de la transgresión a la redención, quizá acabó resultando un poco confusa a nivel conceptual, pero que volvió a dejar pequeño, insignificante incluso, casi cualquier otro intento por convertir el pop de masas en un vistoso espectáculo total.

Puede que a algunos de sus fans les faltasen unos cuantos hits –casi la mitad del concierto se basó en material de su último disco- y que esa espectacular tendencia a la acumulación de guiños y referencias bordee ocasionalmente el pastiche, pero también es cierto que, a estas alturas, cualquier artista con tres décadas de carrera a sus espaldas que se atreva a romper con la dependencia del pasado para seguir reivindicándose desde el presente, merece respeto y atención. Y si además lo hace de una forma tan atractiva y vistosa, encaramándose a una plataforma hidráulica para confesar en “I’m A Sinner” y echando el cierre con “Like a Prayer”, mejor que mejor.

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