Benedicto XVI y la música

El repertorio de la música parroquial predispone tanto a la apostasía como a la melofobia. Dan ganas de buscar otro mar cada vez que la fatídica coral entona -es un decir- el trágico estribillo de la orilla y de la barca.

Bien lo sabemos quienes hemos estudiado en colegios de curas. Las soporíferas catequesis degeneraban en juegos florales y rapsodias dignos de Pimpinela, se supone que con la pretensión de convertir las sesiones en experiencias participativas de coros y danzas.

Tendrían disculpa semejantes aberraciones si no fuera porque la Iglesia Católica atesora un patrimonio musical cuanto menos comparable a las obras maestras de la pintura, de la arquitectura, de la literatura. Y no sólo en las evidencias del repertorio pretérito.

El caso de San Francisco de Asís prueba que Olivier Messiaen (1908-1992) había concebido una ópera religiosa comparable en tamaño y en hondura al wagneriano Parsifal que tanto decepcionó a Nietzsche por el explícito fervor cristiano de la partitura.

No se trata de exigir a los feligreses suficiente capacitación para interpretar la Misa en si menor de Bach, sino de recordarle a la Iglesia, empezando por la española, que los esfuerzos pedagógicos de la actividad parroquial no deberían confundirse con la trivialización divulgativa del misterio litúrgico.

El primero en matizarlo -el misterio litúrgico- ha sido precisamente el pianista y devoto de Mozart Benedicto XVI, entre cuyas iniciales reformas despertó cierto asombro la iniciativa de recuperar el latín en las ceremonias eclesiásticas.

Era una manera de contravenir la consigna aperturista del del Concilio Vaticano II, hasta el extremo de que se ha producido un reproche de las corrientes progresistas eclesiásticas -notable oxímoron-, según las cuales la restauración del latín era una regresión preconciliar, cuando no la coartada para afirmar el pontificado en la ortodoxia, el dogma, el inmovilismo.

Es probable que tengan razón desde el punto de vista doctrinal, pero la idea de rehabilitar el latín que emprendió el melómano y dimisionario Benedicto XVI  responde en sí misma al poder dramatúrgico de una lengua y a la ambición de una correspondiente experiencia metafísica.

Igual que el italiano es el idioma de la ópera a cuenta de sus vocales abiertas y de su musicalidad, la “misteriosa sonoridad del latín” (otra vez Messiaen) predispone a una suerte de elevación. El propio Beethoven se reconocía intimidado por el idioma de los cardenales cuando alumbró entre convulsiones la Misa solemnis.

Ratzinger no había recuperado el latín como un guiño al cisma lefebvrista ni como una concesión revanchista a la lengua en que se redactaban las sentencias del Santo Oficio. Tampoco se trata de una restricción a la feligresía ni de una dificultad para los vecinos dispuestos a iniciarse o a convertirse.

La cuestión no es entender la misa en la traducción literal de las palabras, sino comprender el misterio eucarístico. Igual que ocurre con Parsifal: el alemán, sepamos o no sepamos el idioma, era para Wagner, como para Bach, un tesoro fonético del que retumbaban las aliteraciones y del que podía invocarse la mística del Grial sin la brújula de Indiana Jones.

La lengua oficial del Vaticano era y es el latín, como ha podido demostrarse en el gesto de la renuncia pontificia. Se ha declarado muerta oficialmente en Europa, pero, tal como se dice ahora cursilísimamente, permanece por los siglos de los siglos como instrumento vehicular de la resurrección.

Mas información en: El Mundo.es

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: