La Montiel era de verdad

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Manuel Jabois |

Actualizado lunes 08/04/2013 16:44 horas

Sara Montiel fue lo más cerca que estuvo España de tener a Rita Hayworth, que tenía de Hayworth lo que Sara de Montiel. No lo fue porque no le dio la gana, pero antes de volverse se besó con Gary Cooper y le hizo huevos de ajo manchegos a Marlon Brando un día que el actor se presentó en casa de Tony Mann a las cinco de la mañana; “señorita, que está Marlon Brando en la puerta”, le despertó la negra: y era que Brando tenía capricho de huevos fritos. En realidad María Antonia Abad, que era una chica analfabeta de campo con más nombres que Cayetana de Alba, rodaba películas y se dedicaba a ser una estrella, oficio antiguo ya en desuso por las nuevas tecnologías, que lo descontrolan todo. Hoy hay famosos hasta en los pueblos, pero entonces para que uno fuese famoso de verdad tenía que irse a Los Ángeles a ser reconocido por la calle, hacer películas con Burt Lancaster y liarse con Hemingway, que no siempre era difícil.

La Montiel pesó siete kilos al nacer y no tardó en considerarse bella, con el riesgo de que lo era. “Mi padre era gañán del campo y mi madre peinadora a domicilio, iba a las casas a las cinco de la mañana a hacer las ondas y el rulo: María la peinadora”, contó en EL MUNDO. A su madre le prometió que no acabaría de borracha ni de prostituta: “Y borracha no he sido, pero un poquito casquivana sí”. Tanto que tuvo que hacer un libro de título misterioso: Sara y el sexo, con el que destapó escándalos algunos conocidos y otros perfectamente triviales, como que la mujer debe de ser puta por bondad. La entrevistó Cristina Tárrega, que habla como si desayunase fumando puros, y al final de la entrevista no quedaba claro quién se había acostado con Miguel Mihura.

Dormía desnuda entre sábanas de seda de color blanco roto, siempre “con el culo al aire”, y para ir al gimnasio se ponía un chándal y unas zapatillas de diamantes. Hace poco anduvo llenando auditorios en Estados Unidos, donde dejó recados a la prensa como si hubieran vuelto los cincuenta, los Buick y el paparazzo de Fellini en Nueva York; los plumillas se apresuraron a descalificarla por su edad. Elvira Lindo, que la retrató finamente en un artículo espléndido, la defendió con orgullo: “Nueva York está lleno de viejas glorias enjoyadas que a los ochenta comienzan su almuerzo con un Margarita. Cabría responder como hizo Cervantes a los ataques de Avellaneda, que lo llamó manco y viejo, como si hubiera estado en mi mano haber detenido el tiempo“.

En España si uno no muere a los 40 años puede darse por jodido, por eso a Sara Montiel se le tendió a caricaturizar como esas ancianas excesivas de perrito blanco entre brazos que contemplan el pasado por delante esperando a Billy Wilder en Sunset Boulevard, con la diferencia de que ella se quedó esperando a Severo Ochoa al punto de pasársele el día de su boda con Pepe Tous, a la que llegó por los pelos. Pero no había caricatura en su crepúsculo: todo era cierto, hasta lo más secreto. Su belleza decía aclararla con agua y jabón lagarto. Su piso madrileño lo tenía invadido de recuerdos, y tan perfectamente consciente era de su celebridad que terminó enamorada de su fan número uno, un cubano que sobrellevaba el castrismo en una casa llena de fotos y cintas de la violetera; fue tan lejos en su colección de fetiches que se casó con ella prometiéndose divorcio eterno. Juntos disfrutaban una noche de El capitán veneno, donde sale ella con Fernán-Gómez y Manolo Morán, cuando sufrieron un asalto: la Montiel se levantó corriendo del sofá en un gesto divino y fue a decirle a los ladrones qué joyas eran de verdad y cuáles bisutería.

Tan grande figura sólo podía tener miedo a una guerra nuclear, como declaró aprensiva, y realzaba su mitología entre los gais recordando que después de cada estreno suyo se presentaba en la Dirección General de Seguridad a pedir que soltasen a todos los maricones detenidos por ir vestidos como ella. Fue guapa a la manera de entonces: ojos combados de ciervo en estampida, pómulos encerados y boca semiabierta en señal de coqueta sorpresa, como si se hubiese presentado en la alcoba Kennedy. Se dijo que aparecía con caracolillo sobre la frente en los títulos de crédito de Man Men, pero la imagen es de un anuncio comercial de la modelo Guita Hall; Don Draper nunca le hubiera hecho ascos a esa española angustiosa que levantó de sí misma un imperio sin aprender a leer hasta los 22 años, pero sí es probable que ella en su capricho lo hubiera dejado con un palmo de narices.

Saritísima la llamó Terenci Moix, con el que se metió en cama para apagar pitillos en la colcha; Umbral, Antoñísima. Fumaba puros, se decía socialista y acabó afiliada al PP y diciéndole a Fallarás que Fraga estaba impresionante y Franco un buen tipo. Anunció su cambio de partido, que no ideológico (“soy socialista y no he cambiado”), lamentando haber dicho de Aznar que no tenía medio polvo. Fue a mediados de los 90 en una rueda de prensa en el Palace en la que puso sobre la mesa un cortapuros como si le fuese a cortar la picha a alguien y se bebió un copón.

 

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