Un semental en la Gran Vía

  • La extraordinaria historia del holandés que ha engendrado 104 hijos con desconocidas

  • Fue incapaz de fecundar a su novia española en Madrid. Su peor ‘gatillazo’.

  • Comenzó donando semen en 1999 y ahora ‘recibe’ en casa

  • Tiene 100 millones de espermatozoides por mililitro, cuatro veces lo normal

No es fácil hablar con Ed Houben. Una y otra vez, el ring del teléfono aborta la conversación. Son mujeres: siempre mujeres. «Perdón, me llama una parisina», dice a los 10 minutos. «Ups, ahora es una alemana», se excusa un rato después. Hasta que, a la tercera, propone aplazar la charla: «¿Te importa que hablemos mañana? Me llama una belga y tardaré un buen rato en atenderla».

Sus tres interlocutoras buscan lo mismo: una dosis de esperma de Ed Houben, el gran inseminador. Y no se conforman con un simple jeringazo: la gran mayoría prefiere la vía tradicional. «Saben que el sexo aumenta las posibilidades de concepción», explica el holandés, de 44 años.

El goteo de peticiones se ha acelerado en los últimos días. Un reportaje en la televisión brasileña le ha convertido en una celebrity entre las cariocas. Tan intensa es la demanda de sus servicios -ya van 72 interesadas- que se plantea pasar allí las vacaciones. «Sale más barato que vuele yo a Brasil en vez de que todas me visiten en mi casa de Maastricht», explica.

Es una muestra de la eficacia prusiana con la que Houben aborda sus tareas reproductivas. De ahí su prodigiosa eficacia: en una década,se ha convertido en progenitor de 99 hijos en una decena de países, más otros cinco que están de camino. En cuestión de semanas, nacerá su centésimo churumbel, un honor que se disputan tres de sus clientas: una francesa, una italiana y una vietnamita, que ya superan los siete meses de embarazo.

Pero todo historial tiene un borrón. También el de Houben. Y su gatillazo lleva nombre español.

100% natural y gratuito

La protagonista es una joven de pelo largo a la que llamaremos Julia. A comienzos de 2012, visitó a Houben en el piso de protección oficial de Maastricht donde se celebran las donaciones. Ella buscaba un padre para sus hijos más allá de las frías -y caras- clínicas de fertilidad. Él, como de costumbre, estaba dispuesto a ayudarla a procrear de forma 100% natural y gratuita.

Poco a poco, el interés dio paso al amor. Así que Ed y Julia, ya convertidos en pareja, alcanzaron un pacto: en cuanto ella se quedara embarazada, se mudaría a Holanda. Él, a su vez, abandonaría su rol de padre universal y se centraría en educar a su propio hijo.

Pero el plan falló por el flanco más insospechado. El prodigioso semental se vio incapaz de dejar embarazada a su novia española. Ni siquiera lo consiguió en julio del año pasado, cuando compartieron un romántico fin de semana en Madrid, alojados en un hotelito junto a la Gran Vía. «Fue maravilloso: visitamos el Museo del Prado, el Rastro, un restaurante en el último piso de El Corte Inglés… pero no pudo ser», recuerda a Crónica.

La relación se desfondó poco después. El sueldo de guía turístico de Houben -unos 1.500 euros al mes-, le impedía visitar a su novia con regularidad. Ella tampoco podía viajar a Maastricht tanto como le habría gustado. Así que se quedaron sin hijo… y sin relación.

-¿Qué pasó?

-Que somos adultos. Sí, sentíamos amor, pero ella no iba a encontrar trabajo en Holanda. Y tampoco quería mudarse aquí para que su vida consistiera en esperarme a que llegara a casa del trabajo.

-¿Se arrepiente?

-No sé. Quizá era la forma del universo de decirme que tenía que ayudar a más mujeres…

Alto (1,88), regordete y con la mirada bonachona, Houben se ha convertido en el último recurso de decenas de madres frustradas. A él acuden solteras, lesbianas, matrimonios infértiles e, incluso, parejas en las que el hombre padece un mal genético que no quiere transmitir a sus retoños. El holandés les regala su esperma, ya sea mediante un jeringazo o, en la mayoría de los casos, por la vía tradicional. «Así las mujeres suelen quedarse embarazadas en tres intentos, mientras que la inseminación artificial requiere entre ocho y 12 tentativas», asegura.

Houben recibe nuevas solicitudes cada semana. Muchos quedan en simples tanteos, pero otras siguen adelante. Antes del encuentro, el holandés exige hablar por teléfono para comprobar que existen «buenas vibraciones». También les pide una foto reciente y un informe médico que acredite que están limpias de enfermedades sexuales. Él mismo actualiza sus análisis cada seis meses y los cuelga en su web.

Atiende a cinco o seis mujeres al mes. Tras salir en tv en Brasil le han escrito 72 aspirantes. Se plantea ir allí en verano.

Pese a estos filtros, la demanda de mujeres excede su capacidad. De ahí que el inseminador descarte a madres potenciales con dos criterios: la simpatía que siente hacia ellas y su estilo de vida. Por ejemplo, rechaza a las que consumen drogas o a las que sufren problemas de obesidad. «Admito que a mí me sobra algún kilo, pero busco madres que puedan dar un buen ejemplo a sus hijos», se justifica.

Antes, Houben recibía a 10 o12 mujeres distintas al mes. Ahora, ha recortado su actividad a cinco o seis y ha dejado de acostarse con mujeres que no le atraen en absoluto. «No soy una institución del gobierno, así que no estoy obligado a ayudar a todo el mundo», dice. «No es imprescindible que sienta atracción sexual, pero sí una cierta simpatía personal».

-¿Cómo son los encuentros?

-Algunas se tumban y dicen: «Haz lo que quieras». Otras ni te besan, ni te abrazan… Pero la mayoría entiende que es más beneficioso crear una cierta atmósfera de intimidad. No soy una máquina.

-Algunos le critican por gozar del sexo sin asumir ninguna responsabilidad por el resultado…

-Si te digo la verdad, muchas veces no me apetece nada acostarme con las mujeres. No todas son como Heidi Klum, ya sabes.

-¿Por qué no les cobra por sus servicios?

-Porque los hijos son un regalo, no un producto. No quiero que, de mayores, piensen que dejé embarazadas a sus madres por dinero.

El currículo de donante de Houben arranca en 1999, en un banco de esperma tradicional. Al cabo de unos años, ya había alcanzado el tope de la ley holandesa: 25 hijos por donante. Al mismo tiempo, leyó que los centros públicos priorizaban a las parejas heterosexuales sobre las lesbianas y las solteras. Así que, indignado, decidió intervenir: se convertiría en donante privado.

Durante un par de años, Houben recurrió al jeringazo. Ni se le pasaba por la cabeza acostarse con sus clientas. Hasta que, allá por 2004, una de las mujeres le propuso que utilizara el método tradicional: «Escucha, Ed: me parece bien la inseminación artificial, pero nunca me imaginé que concebiría a mi hijo sin emociones ni intimidad...».

Desde entonces, la mayoría prefiere el sexo a la jeringa. Al principio, él mismo se desplazaba a casa de las madres frustradas. Ahora recibe en su piso, lo que le permite cumplir con su agotadora agenda. Si vienen del extranjero, incluso les cede su habitación de invitados para pasar la noche. A ellas… y a sus resignados maridos.

Esta semana, por ejemplo, Houben tenía tres citas. El martes, con una francesa; el jueves, con una alemana; el viernes, con otra teutona… Para cuadrar su agenda, aconseja que usen una aplicación de smartphone que predice cuándo ovularán. «Es un lío: no puedo planear mi vida más allá de 10 días», se lamenta Houben, licenciado en Historia, que se gana la vida enseñando Maastricht a turistas y se maneja en siete idiomas.

Con tanto ajetreo, al semental le cuesta encontrar novia. Sus tres relaciones serias hasta la fecha han sido con mujeres que buscaban un hijo suyo. Según él, no tiene tiempo para salir por la noche a ligar. Tampoco quiere arriesgarse a contraer una enfermedad venérea que le incapacitaría como semental.

La eficacia de Houben es apabullante. Según Der Spiegel, su semen contiene más de 100 millones de espermatozoides por mililitro,el cuádruple de lo normal. De ahí que Houben, que ni fuma ni bebe, presuma de hazañas como haber regalado un bebé a una pareja de bielorrusos que llevaba 15 años de peregrinaje por infinitas clínicas de fertilidad. «Se habían gastado todos sus ahorros en tratamientos, recurrieron a mí como última opción y, en pocos meses, ella estaba embarazada», asegura.

Eso sí, parece que nuestro país se resiste a sus poderes de inseminación. Además de Julia, el holandés ha atendido a otra mujer española, que le visitó junto a su marido. «Pero no he conseguido dejarla embarazada», admite. «Creo que es el problema es su edad… Ojalá hubieran acudido a mí antes».

Doris, Emily, Tom…

Quien dude de su eficacia puede contemplar el marco electrónico que preside su salón. En él van desfilando los retratos de casi 90 de sus hijos. Se sabe todos sus nombres de memoria: Doris, Elias, Emily, Finn, Tom… Pero intenta no mirarlo muy a menudo: sabe que es dañino para su estabilidad.

Houben ha conocido en persona a más de la mitad de sus retoños. A uno, vecino de Maastrich, lo visita cada tres meses. Y, una vez al año, organiza una gran reunión familiar. «A la última, el verano pasado, vinieron más de 50 personas, entre padres y niños», recuerda. «Según mi hermana, todos se parecen a mí: tienen la boca pequeña, como yo».

El inseminador no asume más responsabilidad sobre los pequeños que estos periódicos encuentros. Al principio, firmaba un contrato con las madres, pero un abogado le convenció de que no eran vinculantes. ¿No teme que alguna de ellas le acabe reclamando dinero? «¡Al revés!», dice. «Como mucho, podría pagar un euro al mes por niño. Y si el juez fuera sensato, sentenciaría que me paguen a mí».

Además, Houben también ha recopilado una hoja de cálculo con datos sobre sus 99 hijos: nombre, edad y lugar de nacimiento. Así pretende impedir que sus retoños procreen entre sí, aunque las probabilidades sean infinitesimales. «Si uno de mis hijos se empareja con alguien que no conoce a su padre biológico, podrá cerciorarse de que no es su hermanastro», explica.

Al principio, Houben pretendía limitar a una década su carrera de inseminador. Sin embargo, ahora se ve con fuerzas de continuar unos cuantos años más. Sólo lo dejaría si aparece otra Julia que, esta vez sí, le convierta en padre de verdad.

Mientras tanto, aguarda noticias de las cinco mujeres que llevan sus próximos hijos en el vientre. Una de ellas le dará su centésimo descendiente. Aunque Ed no le da mucha trascendencia -«valoro igual al número 100 que al 13 o al 73»-, sí que ha previsto una celebración especial para ese día: por una vez, se tomará una bebida alcohólica.

-¿No teme que el alcohol dañe la calidad de su semen?

-Mira: cuando tuve mi hijo número 80, dejé de preocuparme por mi fertilidad.

Leer mas: El Mundo

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