El primer capítulo de la novela inédita de Gabriel García Márquez admira a los escritores

El texto avanzado este domingo por ‘La Vanguardia’ revela que ‘En agosto nos vemos’ es una sugerente historia de amor y sexo entre personas de mediana edad

El primer capítulo de la novela inédita de Gabriel García Márquez admira a los escritores

El relato En agosto nos vemos, de Gabriel García Márquez (1927-2014), que publicó ayer La Vanguardia, fue concebido como el primer capítulo de los cinco de una novela inédita que el Nobel colombiano tenía guardada en un cajón, al no convencerle plenamente ninguno de los finales que había esbozado, hasta seis diferentes, según algunas fuentes. Sus herederos decidirán finalmente si esta obra verá algún día la luz pública, pero, mientras tanto, diversas personalidades del mundo de la literatura opinan hoy sobre los temas, el estilo y las promesas que apunta esta sugerente historia de amor -o de sexo- en la mediana edad. Es el último legado de un escritor que cambió la historia de la literatura.

J. A. MASOLIVER RÓDENAS
Poeta y crítico literario

Dulce desasosiego

La acumulación de empalagosos elogios -incluidos los de la caterva de políticos que de Barack Obama a Mariano Rajoy, salvando las distancias, han vivido de espaldas a la literatura y a la cultura en general- y los descarados intereses comerciales no son el mejor contexto para mostrar el mínimo entusiasmo ante un texto inédito de Gabriel García Márquez, un escritor que lo había dado todo e incluso un poco más. Aquejado de una alarmante gabismofobia, he empezado a leer el primer capítulo de En agosto nos vemos, novela inédita e inacabada que fue escribiendo desde 1999, y me he encontrado con lo que más he admirado de su escritura, presente en sus crónicas periodísticas, en sus novelas breves y sobre todo en sus cuentos tan poco mencionados por la crítica. Y es como un cuento que se puede y se debe leer este primer capítulo, publicado ayer como valiosa primicia en la sección de Cultura de este periódico. Encontramos aquí al gran lector de Faulkner, con una poderosa capacidad de ambientación, para regresar a un Caribe que nos resulta ya familiar pero siempre inédito, gracias a una de las prosas más precisas y subyugantes de nuestra lengua y que nada tiene que ver con el agobiante estilismo azoriniano tan cultivado por nosotros. Y está también la magnífica historia de esta mujer casada que visita la tumba de su madre y que sucumbe a los misteriosos encantos de la atracción física para encontrarse con un impactante desenlace. Otra fascinante mujer en la galería de extraordinarias mujeres que pueblan las páginas de la escritura de García Márquez. Ojalá la prometida novela esté a la altura de unas páginas que han conseguido vencer todas mis justificadas reservas.

SERGIO ÁLVAREZ
Novelista colombiano

En estado casi puro

Gabriel García Márquez es un escritor tan genial y tiene un mundo tan propio que incluso imitándose a sí mismo escribe con maestría y llega a ser original. Este primer capítulo de En agosto nos vemos no aporta demasiado a los lectores críticos, pero, si es en verdad una novela inédita y no un texto inacabado, hará disfrutar y soñar a los lectores desprevenidos del premio Nobel colombiano. Salvo el primer párrafo, que es excesivo, y algunas frases posteriores que adolecen del mismo mal, la prosa no tiene pérdida; la historia fluye con la dulzura que sólo puede ofrecer un escritor tan certero en lo que narra, y uno vuelve a tropezar con esas imágenes imprevistas con las que García Márquez acostumbra a enamorar la fantasía y los sentimientos del lector.

Aprovecha además este texto la gran ventaja con la que contaron los escritores del boom. No es un texto sobre personajes desencantados o cínicos o sobre seres humanos atravesados por la depresión de una historia que ya no ofrece utopías. Es un texto fundacional sobre una mujer que todavía cree en la verdad y en el amor y es por eso la historia de un personaje al que le queda fácil conseguir que el lector sueñe, disfrute e incluso crea que la humanidad tiene esperanza. Espero con ansias leer el resto, estoy seguro de que si los editores son honestos y nos dan un libro completo, la reciente muerte del escritor tendrá con esta lectura algo de consuelo y mucho de regreso a la lucidez que siempre nos dieron los libros del autor.

CARME RIERA
Novelista

Principio sugerente

Con García Márquez ocurre como con los buenos vinos: percibimos desde el primer sorbo -desde la primera línea- un sabor especial que nos atrae y nos incita a seguir leyendo. No sé si, en efecto, el final de En agosto nos vemos no está a la altura, como parece que aseguró el autor y por eso no quiso publicar la novela, pero el principio es muy sugerente por más que utilice un viejo tópico y un desenlace previsible. De manera que para atreverse a un planteamiento semejante hay que ser García Márquez.

ADOLFO SOTELO VÁZQUEZ
Catedrático de H.ª de la Literatura Española y decano de la fac. Filología (UB)

La pasión de la lengua

El primer capítulo de En agosto nos vemos que García Márquez leyó en 1999 como adelanto de su futura novela es espléndido. Narración impecable, en la que se conjugan de modo prodigioso la oralidad y la visualidad. Los signos de la narración son las imágenes de la visión: el gran realismo decimonónico se invierte. Desde Balzac hasta Galdós, desde Flaubert a Clarín no teníamos noticia igual. En suma, el arte de GGM, el arte de uno de los mayores novelistas del siglo XX ha establecido nuevos horizontes: la prosa narraba y describía. La prosa del maestro colombiano ve, adivina, visualiza. Desde la mirada y la memoria del novelista la prosa se instituye como imagen.

Estoy leyendo en el ejemplar dominical de La Vanguardia (20/IV/2014) el arranque de la novela póstuma de un maestro y, como lector habitual de novelas, me siento anonadado, porque la distancia estética entre el maestro y los demás novelistas es sideral. García Márquez tiene la inteligencia y la pasión de la lengua, la suficiencia de las técnicas narrativas y de los ámbitos oscuros de la personalidad de sus criaturas. Excepcional. Nadie como GGM ha narrado en castellano a lo largo de la modernidad: contar y ver, contar y hacernos ver, sentir que vemos.

La novela que GGM más quería es El amor en los tiempos del cólera (1985). Su comienzo es este: “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”. Cada 16 de agosto -leo En agosto nos vemos- Ana Magdalena Bach (el nombre reverbera, no es inocente) repite durante 28 años el viaje a una isla del Caribe abierto. Todo está envuelto en la rutina sucesiva: “su propia máscara”, “su perfume amargo”, “su rostro de madurez otoñal”… El soborno del tiempo y la luz oblicua de la pasión, el éxtasis y “la hierba de abril” conducen a la premonitoria desembocadura: “como el rayo de la muerte, la fulminó la conciencia brutal de que había fornicado y dormido por la primera vez con un hombre que no era el suyo”. Síntesis excesiva de un capítulo, de una novela que a buen seguro se adentra en los meandros del sentimiento. Esperamos la novela, aunque sea inconclusa, sabedores de las palabras del maestro: “El corazón tiene más cuartos que un hotel de putas”.

SANTIAGO RONCAGLIOLO
Novelista peruano

La sexualidad de los viejos

Es un cuento bonito. Tiene todos sus rasgos de estilo en muy poquito espacio: el amor, la muerte, esa idea redentora del sexo, en el que todo se lava, incluso la muerte. Las descripciones del pueblo, del cementerio al que llega… Es una condensación, un multivitamínico García Márquez. No tiene la parte mágica, es una narración muy realista, pero encontramos los escenarios tropicales, el amor y un tema muy interesante: es una historia paralela a Memoria de mis putas tristes, pues trata la sexualidad cuando ya no eres joven, sino de mediana edad cerca de la tercera. Él tenía una cosa hoy políticamente incorrecta pero normal entre los escritores latinoamericanos, como Jorge Amado, esa glorificación de la prostituta que hoy sería casi ilegal, o de la mujer que se entrega sexualmente y que en ese acto total lava como con agua bendita su pasado y sus problemas. Fue el final de su carrera y, por lo leído en este capítulo, se nos fue dejando algo que se promete muy bien contado. Se acabó García Márquez, no nos dio más, uno piensa que, de haber seguido escribiendo, podía haber sido un Philip Roth caribeño y haber profundizado en este tema de una manera más triste y melancólica. Muy pocos escritores se atreven a tocar la sexualidad de los viejos. Sólo los muy grandes.

JOANA BONET
Periodista y escritora

No es cualquier mujer

Una mujer que lleva un reloj de hombre y utiliza un perfume amargo no es cualquier mujer. En media cuartilla, García Márquez levanta el personaje de Ana Magdalena Bach en tres dimensiones: la física, la psicológica y la sexual. Una mujer con sus iniciales bordadas en la camisa, que se permite un minuto de nostalgia contemplando el vuelo de las garzas. Una mujer que desde hace 28 años visita en agosto la tumba de su madre. Que lee Drácula y bebe aguardiente. Que acaba trajinándose a un hombre limpio y cobarde hasta acaballarse sobre él. Un hombre que le dejará la ropa doblada en la silla y un billete de veinte dólares. La realidad se destripa, sin nombrar impulso ni instinto. Eros y Thanatos, pero ahora los muertos sólo hablan a través de la vida. No hay hechiceros. Un torrente de sexualidad femenina abrasa las sábanas. Qué pensarán ahora algunas feministas o los integristas iraníes que condenaron Memorias de mis putas tristes, exigiéndole ejemplaridad a la ficción, puertas al mar. Veinte dólares bajo un ventilador.

SERGIO VILA-SANJUÁN
Novelista y periodista

Periodismo, poesía y fantasía

Octavio Paz dijo en cierta ocasión, malévolamente, que la prosa de García Márquez, “esencialmente académica, es un compromiso entre periodismo y fantasía. Poesía aguada. García Márquez es un continuador de una doble corriente latinoamericana: la épica rural y la novela fantástica. No carece de habilidad, pero es un divulgador, o como llamaba Pound a este tipo de fabricantes, un diluter”.

Las intenciones del mexicano eran venenosas, pero su diagnóstico, si le quitamos la carga negativa, es inteligente. Efectivamente, en los mejores momentos del autor colombiano encontramos periodismo, hay fantasía y resulta recurrente un tono poético más o menos diluido, que da entidad a su prosa pero no dificulta el desarrollo de la trama. En la magistral combinación de estos factores radicaría una de las claves de su éxito. (En cuanto a la parte académica que señala Paz, nunca he conseguido verla).

En el texto que adelantó ayer La Vanguardia también aparecen los tres componentes. La formación periodística se trasluce en la constante apelación a lo concreto: Ana Magdalena “volvió a la isla el viernes 16 de agosto en el transbordador de las dos de la tarde”. En el hotel “se suavizó los labios con el lápiz labial de vaselina simple”, y luego ordenó para cenar “un sándwich de jamón y queso con pan tostado, y café con leche”. Su vestuario está muy especificado: “Llevaba una camisa de cuadros escoceses, pantalones de vaquero, zapatos sencillos de tacón bajo y sin medias y, como único equipaje, un maletín de playa”.

El tono lírico surge de la descripción del pueblo, con “sus casas de bahareque y techos de palma”, y de su cementerio. La fantasía la aporta la anécdota sobre la que se estructura este capítulo, que podría ser un relato autónomo en la línea de las Historias de amor de Adolfo Bioy Casares. Es decir, una fábula moderna sobre las consecuencias de la atracción entre hombres y mujeres. El tema de la reaparición tardía del erotismo y las alusiones al sexo de pago enlazan directamente este En agosto nos vemos con la última -y discutida- novela que publicó el autor, Memoria de mis putas tristes.

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